Nora Habed
Si de golpe llegan a faltar los
puntos de referencia: casa, familia, trabajo, escuela, centro de culto o
iglesia, comunidad, pueblo, que son importantes para cualquier ser humano, la
vida de una persona se transforma en algo que parece irreal ya que es tan
fuerte el impacto emocional, tanto para ella como para las otras personas que
viven a su alrededor estas mismas sensaciones, que el mundo les parece
ficticio. La primera reacción es ésa, la de la pesadilla e incredulidad, el
creer que lo que se vive es sólo un sueño, que antes o después se despertarán y
que la vida sigue igual. Pero no es así, mientras más tiempo pasa y más se
vuelve concreta esta pesadilla, más se va entrando en un estado colectivo de
tristeza, impotencia, rabia y depresión, unida a la pregunta de por qué pasó.
Cualquier respuesta no completa nunca esta pregunta, porque va más allá de una
explicación científica ya que toca profundamente el significado existencial de
cada uno.
Cuando nos toca vivir una tragedia semejante que origina pregunta tras
pregunta, es fundamental sentir el apoyo emocional y físico de otro, de alguien
que nos dice: “Aquí estoy, te acompaño en tu dolor”. El ser humano es,
esencialmente, un ser de costumbres cotidianas radicadas en el tiempo que dan
un sentido de continuidad a la propia conciencia, construida con puntos de
referencia que hacen la historia de cada persona y que se consolida en un
sentido de identidad. Este cambio radical de vida ante una catástrofe como la
sufrida por nuestros hermanos de la Costa Atlántica, hace entrar en contacto
con un sentimiento de vacío, porque de golpe todo llega a faltar; todo punto de
referencia, tanto físico como humano, ya no es el mismo. Por esto hay que
intervenir de manera inmediata para llenar este vacío, ofreciendo nuevamente un
puente con la vida a través de alternativas posibles, creíbles y significativas
para quien sufre este dolor.
Colmar el vacío no es fácil, porque se tiene que intervenir simultáneamente de
manera integral en tres niveles interrelacionados: la comunicación, la
coordinación de la ayuda física y material, y el apoyo emocional.
La comunicación con las poblaciones vulnerables debe ofrecer informaciones
constantes que sean coherentes, comprensibles, concretas y empáticas. Es
fundamental esta comunicación para empezar a calmar los niveles de estrés y
confusión. Tener una información clara y completa ayuda a estar más en contacto
con la realidad, a reaccionar y empezar a organizarse.
La coordinación de la ayuda física y material necesita realizarse desde su
inicio, de manera tal que el soporte sea adecuado, que responda a las
necesidades básicas para superar la emergencia y que tenga un efecto inmediato
de visibilidad y accesibilidad para la población damnificada.
El apoyo emocional es el más delicado de todos ya que es tocar los sufrimientos
no sólo del cuerpo, sino del alma, que son invisibles. Se necesita tiempo para
recuperarse de estas pérdidas, para encontrar un nuevo significado a la vida
que sigue. También son necesarias las reconstrucciones de las estructuras
físicas de la comunidad, con personal técnico, médico, etc., así como el
soporte espiritual y psicológico que pueda ayudar a reconstruir este vacío. Las
heridas del cuerpo son tan importantes como las heridas del alma.