El Nuevo Diario 14 febrero 2008
Orar ante Dios, pero obrar ante los hombres
Nora Habed
La propuesta realizada recientemente por el prefecto de la Congregación
del Clero, Claudio Hummes, de una adoración eucarística a escala mundial por
las víctimas de las graves situaciones de conducta moral y sexual a cargo de
una mínima parte del clero, si bien es digna de respeto y consideración por el
reconocimiento que hace de la gravedad del hecho ante las víctimas de estos
abusos, no es suficiente para cambiar la realidad que sufren miles de niños,
niñas y adolescentes en todas partes del mundo, no sólo por parte del clero,
sino de todo el mundo adulto, creyente o no creyente.
A los sobrevivientes no les bastan las promesas de muchas oraciones. Necesitan
en cambio una ayuda concreta para superar un trauma que les condicionará para
el resto de sus vidas. Seguramente les ayudaría saber que quien les ha violado
su cuerpo y su alma, tal vez no lo hará más, porque también esta persona está
encontrando ayuda para no hacer más daño no sólo a él o ella, y que no han sido
removidos de sus puestos para hacer pasar este escándalo, sino que no habrá más
víctimas.
Por lo que respecta a la comunidad de los creyentes, el fenómeno es más
complejo, porque es entrar en una dimensión que inevitablemente es también de
espiritualidad y de fe.
La pedofilia va más allá de cualquier creencia religiosa. Es exclusivamente un
problema de conflictos interiores no resueltos, de inmadurez emocional, a veces
de traumas no superados, y no se cura sólo con la oración. Los responsables de
formación de futuros sacerdotes, rectores de seminarios y congregaciones,
deberían tomar cada vez más en consideración la formación humana de los futuros
religiosos. Si en primer lugar no hay madurez emocional, conocimiento humano de
los propios sentimientos y deseos, cómo puede ser concebible una madurez
espiritual.
En este sentido, un problema central para el mundo religioso es la formación de
los religiosos en el sentido de un crecimiento humano, maduro, en el tema de la
afectividad y de la identidad sexual. La orientación sexual de los candidatos
al sacerdocio debería ser valorada con cuidado, para impedir que las personas
más frágiles hagan del sacerdocio un escudo para no enfrentar los nudos centrales
de su propia identidad. No es discriminación, sino reconocer que existen
sufrimientos y dificultades mayores que pueden ser ligadas a ciertas
orientaciones y que son dificultades a las cuales hay que tomar en
consideración antes de asumir una responsabilidad mayor como la de ser un
religioso. Es una gran responsabilidad ante Dios y ante los hombres.