Nora Habed
Los seres humanos estamos acostumbrados a seguir una serie de
costumbres y gestos que son repetitivos y que con el pasar del tiempo se
vuelven automáticos: el modo en que reímos y caminamos, nuestra manera de
hablar, de relacionarnos, de ver que lo que está a nuestro alrededor en el
momento en que nos acostamos sigue siendo igual al momento de levantarnos.
Aunque cada día hay una novedad en el trabajo, estudios, encuentros, algo nuevo
que pasó, etc., la mayor parte del tiempo son sensaciones “ya vividas” o mejor
dicho, “ya conocidas”. Gracias a este sentido de continuidad, de un día a otro,
y de año tras año, logramos tener la percepción de ser quienes somos. Gracias
también a tantos comportamientos cotidianos, no necesariamente los más sanos y
mejores, pero que nos pertenecen, logramos ahorrar mucha energía psíquica para
afrontar los eventos nuevos que son generalmente causa de estrés, de
incertidumbre o de sorpresa.
Si anotáramos todas estas pequeñeces de gestos y costumbres de todos los días,
nos daríamos cuenta que en realidad la lista es muy larga. Generalmente, nos
dedicamos más a lo nuevo que hay que afrontar en la vida cotidiana que a lo que
ya conocemos, tenemos o vivimos y lo hacemos precisamente con esos esquemas que
conservamos. Por esto, por lo general, queremos resolver lo nuevo en base a lo
viejo y aunque no siempre logramos buenos resultados, es nuestra manera de ser,
a menudo difícil de cambiar. Es sólo cuando en nuestra vida cotidiana de golpe
y sin esperarlo llega a faltar algo o alguien importante, nos damos cuenta de
que nuestra vida estaba ahí, que esa cotidianeidad era lo que le daba sentido.
Esta percepción de la importancia de lo cotidiano nos llega en el momento de
las ausencias y de los cambios. Nos puede llegar a faltar un trabajo, una casa,
un amigo, un familiar… Mayor es la importancia de la ausencia, más grande era
nuestra relación que ésta tenía con nuestra vida cotidiana, porque nos daba ese
sentido de permanencia, de hacer parte de nuestra historia personal. Toda
ausencia comporta por esto un cambio, aunque no todo cambio es necesariamente
algo negativo. Es más, los cambios son necesarios, nos ayudan a crecer, hacen
parte de nuestra naturaleza y del cosmos en general.
Pero hay cambios positivos, necesarios, que buscamos y son una opción; y
cambios que llegan de repente, de manera brusca, violenta y que cambian
radicalmente nuestra vida cotidiana porque rompen ese sentido de continuidad.
Éstos son los cambios que se viven en los casos de catástrofes naturales, donde
se altera todo orden de lo conocido y vivido, y lo que más llega a faltar en
las personas que sufren estas tragedias es precisamente ese sentido de la vida
rutinaria: el hecho de acostarse y levantarse en el mismo lugar, con las mismas
cosas y personas que la noche anterior estaban a su lado, el recorrer los
mismos caminos con todo lo que está su alrededor; seguir la misma vida diaria
de trabajo: pescar, cosechar, cocinar. Es por esto que es fundamental empezar a
recuperar esta cotidianeidad para dar nuevamente significado a esos gestos,
emociones, costumbres, pequeñeces, que son en el fondo los componentes
esenciales de la vida de una persona, tanto más cuando se ha vivido sólo con lo
esencial.