El Nuevo diario 31-3-2008

Los niños estirados

Nora Habed

Los comentarios que se leen sobre el mundo juvenil acomodado son a menudo poco placenteros. Prevalece un sentido de preocupación y de fracaso, porque todavía hoy en día no se logra encontrar la salida a una vida que parece sin sentido de muchos adolescentes y jóvenes adultos de familias acaudaladas del mundo occidental. Son más las preguntas que no encuentran respuesta, y por lo tanto, es difícil una acción, porque cualquiera esa sea, a menudo conlleva la duda de un tentativo errado.

Y no obstante todo, los jóvenes siguen adelante porque el tiempo no se puede detener. Tal vez nosotros los seguimos llamando jóvenes, cuando en cambio ya son adultos, y seguimos pensando y haciendo propuestas, olvidándonos de que son los mismos jóvenes los que deberían de pensar y proponer alternativas posibles. Se vuelve así un círculo vicioso malsano, porque a los jóvenes, en el fondo, no les damos la oportunidad de asumir su propia responsabilidad.

Es como si viviéramos las etapas del crecimiento con tiempos desfasados. Cuando los niños son pequeños, a menudo oímos: “Todavía no nace y ve ya cómo se mueve”, “todavía no habla y mirá cómo usa el control remoto”, “cierto que ahora son mucho más inteligentes que nosotros”, “nacen y ya saben usar la computadora”, y así en adelante. Estamos acostumbrados a vivir en una sociedad que nos condiciona a pensar que los niños de hoy son diferentes, más inteligentes que en las generaciones pasadas. Y así, en el imaginario colectivo, el niño debe responder a las expectativas del mundo adulto, que corresponden a reacciones de inteligencia, tecnicismos y habilidades motoras. Y el niño en realidad no logra ser un niño, aprender que todavía todo está por descubrir y por inventar y que él es un ser que va protegido, guiado y amado. Y en este círculo vicioso malsano, el no-niño crece sin el interés de descubrir la vida que está a su alrededor porque, para él, ya todo ha sido descubierto e inventado, y no tiene necesidad de desear otra cosa porque, incluso, el posible deseo ya ha sido anticipado y satisfecho. No entra en conflicto porque no tiene necesidad de escoger, ya tiene todo a su alcance, lo posible y lo no imaginado. En compensación, es buenísimo con los juegos tecnológicos, aprendió a usar el celular sin que nadie le enseñara, le gusta escuchar música y es bueno en natación y gimnasia.

Y estos buenos niños llegan a la adolescencia sin haber descubierto todavía el sentido del deseo, del conflicto que se prueba cuando se deben tomar opciones, porque éstas comportan una renuncia de algo, no se puede tener todo y, sobre todo, no se es omnipotente. Para estos niños, ahora estirados, llegan del mundo adulto las propuestas correspondientes a ese tiempo de crecimiento que en el imaginario colectivo corresponde a las expectativas promovidas por la cultura del consumismo y del mercado. El mensaje que se pasa a estos niños estirados es: “Puedes hacer todo lo que quieras”. Y aquí hay un primer cortocircuito, ya que “hacer todo lo que se quiere” comporta una primera pregunta: ¿qué es lo que quiero? Pero también en este caso, el mundo adulto anticipa y propone las respuestas sin permitir ese momento de reflexión y responsabilidad por una opción realizada. Extrañamente, en el imaginario colectivo que vivimos, si bien consideramos más inteligentes a estas nuevas generaciones, contradictoriamente las creemos poco capaces de realizar opciones sensatas, hacer sacrificios, asumir su propia responsabilidad. Ésta es una de las grandes paradojas de los tiempos que vivimos.