EL NUEVO DIARIO
MANAGUA - 3 de febrero del 2011

Nora Habed
Que sea un año de sabiduría
 

A  cada inicio del año nos viene espontáneo pensar en los propósitos que nos gustaría
alcanzar. Propósitos no sólo personales, sino también comunitarios que abarquen toda nuestra
humanidad. No se puede estar bien pensando sólo en uno mismo si a nuestro alrededor hay mucho
sufrimiento; aún si es necesario poder sentirse bien buscando armonía interior, para poder
hacer algo por nuestro entorno, en cualquier parte donde estemos. Si partimos de nuestros
propios límites personales donde reconocemos que podemos cambiar sólo lo que estamos en grado
de cambiar, porque depende de nosotros y podemos intervenir donde nos corresponde, el ámbito
de nuestra acción es en realidad más amplio de cuanto pensamos, ya que si cada uno cumpliera
a cabalidad con la propia responsabilidad el mundo estaría mejor. 
Tal vez nos hace falta mejor conocimiento y preparación para que lo que hacemos lo hagamos
bien; pero tal vez lo que aún nos hace más falta es mayor sabiduría que nos lleve a la
conciencia de nuestra responsabilidad y a una mayor armonía entre nosotros y nuestro entorno.
Esto supone una capacidad notable de escucha, discernimiento, prudencia, humildad, atención y
curiosidad hacia la realidad y hacia la vida en sí. Todo esto implica una mayor sabiduría.
En su significado etimológico, sabiduría no es sólo conocer; significa también saborear,
gozar de la verdad. Es decir, saborear  la vida, experimentarla, entrar en ella. Mientras que
el conocimiento es de por sí un acto intelectual; la sabiduría va más allá porque es también
un acto vivencial, de acción, puesto que se combina el conocimiento que uno dispone con la
experiencia  vital que le da así un verdadero sentido. Por eso una de las cualidades de la
sabiduría es el gusto de aprender, porque sé parte del presupuesto que lo que se sabe nunca
es suficiente y se percibe que cada cosa que nos pasa en la vida, incluso las adversidades,
son una oportunidad más para conocerla mejor, para reflexionar sobre los acontecimientos y
tomar hacia ellos una actitud constructiva. Por eso la sabiduría se cultiva y requiere
mantenimiento, tomando tiempo y espacio para su alimentación tanto en la vida privada cuanto
en la vida pública, de manera que se activen mecanismo de reflexión y de juicio que se
conviertan en virtud.
La educación tiene en este sentido una incidencia importante en crear la vocación a la 
sabiduría, no sólo personas eruditas que sean competentes en su materia. Se puede ser
personas de muchos conocimientos, pero esto no implica que sean por esto personas sabias, que
sepan utilizar la preparación adquirida para aplicarla a la realidad del entorno de manera
armoniosa y justa.  
Es más, a menudo estas capacidades se convierten en poder de dominio y explotación hacia los
demás. El sabio, en cambio,  es quien a través de los conocimientos adquiridos en su
experiencia de vida, sabe llegar a conclusiones coherentes que parten de un profundo contacto
con su interioridad, de una profunda reflexión personal. Por eso el sabio parte del
conocimiento de su propio ser buscando una armonía entre sí mismo y el cosmos, aprendiendo
cada día de lo que le está a su alrededor, en directo contacto con la naturaleza y haciendo
parte de ella en una postura de profundo respeto. Esto explica el por qué nos encontramos con
personas sabias que no fueron a la escuela o a la universidad y el por qué, en cambio,
personas egresadas de la universidad y profesionales,  les falta sabiduría.
Si i tuviéramos el sentido de humildad y sensibilidad hacia nuestro entorno, de apertura  y 
búsqueda de la verdad y equidad, de reflexión constante de lo que hacemos y cómo lo hacemos,
no significa que lleguemos a alcanzar la sabiduría, pero sí nos ayudaría a reconocer de
cuánto es importante encaminarse hacia ella y que necesitamos toda una vida para emprender
este camino que nos lleva a ser libres, ya que como dice Séneca, “la única libertad es la
sabiduría”.